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El Cristo, ¿un título ... o una realidad Eterna?

¿CRISTO ES UN NOMBRE, UN TÍTULO O ALGO MÁS?

PPC-767 — Posicionamiento, Proceso y Consumación

Conciencia Integrada

Durante siglos millones de personas han pronunciado una palabra sin detenerse a pensar qué significa realmente.

Cristo.

La repetimos en oraciones, sermones, himnos y conversaciones. Sin embargo, pocos se preguntan si Cristo era un nombre, un apellido o algo mucho más profundo.

Y la respuesta podría cambiar la forma en que leemos gran parte del Nuevo Testamento.


El primer descubrimiento

Cristo no era el apellido de Yeshúa.

La palabra proviene del griego Christós y significa:

El Ungido.

Es el equivalente griego del hebreo Mashíaj:

Mesías.

Por lo tanto, cuando los primeros discípulos decían:

Yeshúa es el Cristo.

Lo que estaban afirmando era:

Yeshúa es el Mesías esperado.

Hasta aquí todo parece sencillo.

Cristo es un título.

Así como:

  • Rey
  • Profeta
  • Sacerdote

son títulos.


Pero entonces aparece Pablo

Y aquí comienza el misterio.

Porque Pablo no habla de Cristo solamente como un título.

Habla de:

  • estar en Cristo,
  • revestirse de Cristo,
  • la mente de Cristo,
  • el cuerpo de Cristo,
  • Cristo en vosotros.

Y surge una pregunta inevitable:

¿Cómo puede alguien vivir dentro de un título?


Cuando el título revela una realidad más profunda

A medida que avanzamos en las cartas paulinas, ocurre algo sorprendente.

Pablo nunca abandona el significado mesiánico de Cristo.

Pero comienza a explorar sus dimensiones más profundas.

Cristo sigue siendo el Ungido.

Sin embargo, ahora aparece también como una realidad viva, activa y transformadora.

Ya no es solamente una designación histórica.

Es una presencia que:

  • habita,
  • guía,
  • integra,
  • transforma.

El título comienza a revelar una profundidad que estaba contenida en él desde el principio.


Cristo y el Logos

En la carta a los Colosenses encontramos una de las declaraciones más sorprendentes del Nuevo Testamento:

En él fueron creadas todas las cosas.

Todas las cosas subsisten en él.

Aquí Pablo no parece limitarse al lenguaje de una función mesiánica.

Cristo comienza a aparecer como expresión de una realidad más amplia:

  • la Sabiduría divina,
  • el Logos creador,
  • el principio que sostiene la existencia.

No porque Pablo abandone al Mesías.

Sino porque descubre en el Mesías una dimensión que trasciende la historia sin negarla.


Yeshúa y Cristo

Quizá por eso muchos lectores perciben dos niveles dentro del lenguaje apostólico.

Yeshúa

  • histórico,
  • visible,
  • humano,
  • localizado en el tiempo.

Cristo

  • universal,
  • eterno,
  • transhistórico,
  • manifestación del Logos.

No son dos seres.

Pero tampoco son exactamente la misma categoría.

Uno revela la historia.

El otro revela el significado eterno de la historia.


El descubrimiento interior

Por eso Pablo puede escribir:

"Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí."

Esta afirmación contiene una de las claves más profundas de toda la discusión.

Porque un título no vive dentro de una persona.

Un título puede describir.

Puede identificar.

Puede distinguir.

Pero no puede habitar.

Cuando Pablo afirma que Cristo vive en él, está hablando de algo mucho más profundo que una función religiosa o una designación mesiánica.

Está describiendo una realidad activa.

Una presencia transformadora.

Algo que integra.

Algo que ilumina.

Algo que despierta.

Algo que participa de la vida misma del creyente.


PPC-767

Desde la perspectiva de la conciencia integrada, Yeshúa representa la manifestación histórica.

Cristo representa la realidad eterna que esa manifestación revela.

Yeshúa aparece en la historia.

Cristo atraviesa la historia.

Yeshúa puede ubicarse en un momento del tiempo.

Cristo apunta hacia aquello que existía antes del tiempo y continúa manifestándose a través de él.


La frase que cambia la conversación

Quizá la clave de todo este recorrido se encuentre en una afirmación de Pablo que suele pasar desapercibida:

"Y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así."

Pablo no está negando la existencia histórica de Yeshúa.

Tampoco está despreciando su vida terrenal.

Lo que está diciendo es algo mucho más profundo.

La historia fue necesaria.

La carne fue necesaria.

La manifestación fue necesaria.

Pero la revelación no termina ahí.

El Cristo que caminó por los caminos de Galilea debía ser visto ahora desde una dimensión más amplia.

No solamente como personaje histórico.

No solamente como maestro.

No solamente como Mesías.

Sino como la manifestación de una realidad eterna que existía antes de la historia y continúa revelándose a través de ella.

Por eso Pablo puede comenzar hablando de Yeshúa y terminar hablando de Cristo.

Puede comenzar hablando de un hombre y terminar hablando del Logos.

Puede comenzar hablando de una manifestación visible y terminar hablando de una presencia que habita todas las cosas.

Quizá ahí se encuentra el verdadero giro de la conciencia apostólica.

No abandonar a Yeshúa.

Sino descubrir la profundidad eterna que Yeshúa vino a revelar.


Conclusión

Tal vez la pregunta más importante no sea:

¿Fue Cristo un nombre o un título?

Porque la respuesta podría ser sencilla:

Cristo fue un título.

El verdadero descubrimiento comienza cuando preguntamos:

¿Qué realidad intentaban describir los primeros creyentes mediante ese título?

Para Pablo, Cristo no deja de ser el Ungido.

Pero el significado de esa unción se expande hasta abrazar dimensiones cada vez más profundas.

Cristo pasa de ser el Mesías esperado de Israel a convertirse en la manifestación visible de una realidad eterna.

La Sabiduría que inspira.

El Logos que sostiene.

La plenitud que integra.

Por eso las cartas paulinas no terminan hablando solamente de un hombre del pasado.

Terminan hablando de una realidad capaz de habitar el presente.

Porque si Cristo fuera solamente un nombre, pertenecería al pasado.

Si fuera solamente un título, pertenecería a una tradición.

Pero si Cristo es la manifestación del Logos, de la Sabiduría eterna y de la vida que sostiene todas las cosas, entonces deja de ser únicamente una figura histórica para convertirse en una realidad siempre presente.

Una realidad que Pablo no describió simplemente como algo que debía admirarse.

La describió como algo que podía manifestarse en el ser humano.

Quizá por eso escribió:

"Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí."

Y tal vez allí se encuentre el misterio más profundo.

No quién fue Cristo.

Sino qué ocurre cuando Cristo deja de ser una idea, un concepto o una doctrina, y comienza a convertirse en una experiencia viva de unidad, conciencia y plenitud.


Milton Alonso Granados

Evangelio Eterno 767

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